… Los algoritmos, su aplicación en nuestra vida diaria hablan mucho sobre como las empresas conciben la cultura y a los usuarios. Pero también hablan sobre cómo somos nosotros, lo que permitimos, lo que toleramos y lo todo lo que amparado bajo la excusa de la comodidad, evitamos modificar.
Podcast disponible en:
Con esta idea me fui y con esta idea vuelvo, qué emociones son las que se premian o cuáles son las que se trigerean para tenernos enganchados.
Hoy voy a hablar del FOMO, y creo que durante algunas columnas más voy a profundizar en esto. Qué es el fomo:
FOMO son las siglas en inglés de ‘Fear Of Missing Out’, o sea, miedo a perderse algo. Una ansiedad social real. Es esa voz interna que te dice: ‘todos están viviendo algo increíble menos tú’. No, más atinado sería ’todos están viendo algo que no te podés perder’. No podés quedar afuera.
Esta ansiedad nos lleva a mirar el teléfono cada 5 minutos, en mi caso revisar mi twitter a cada momento, pero hay más manifestaciones:
- tratar de estar al tanto de la series del momento, y para eso vernos resúmenes en lugar de ver la serie.
- Ponernos a skipear música a lo pavote para tener un panorama de lo que hoy se escucha.
- Querer estar al día con lo que opina fulano o mengano sobre lo último que se discute en los streamings.
- Scrollear sin limite para poder estar al tanto de lo que ocurre en tik tok.
- Tener 40 episodios de podcast guardados y sentirte mal por no escucharlos, o ponerlos a 2x de velocidad solo para “tacharlos de la lista”.
- Jugar a un battle pass o a misiones diarias no porque te divierta, sino porque “si no lo hago hoy, pierdo la racha y me quedo atrás”.
- Actualizar los portales de noticias cada hora por miedo a que pase algo importante y enterarte 10 minutos después que los demás.
- Tener que aprender en dos días qué significa “papear”, “basado” o “NPC” para no quedar como un viejo en grupos de WhatsApp.
- Responder correos o mensajes de laburo a las 11 de la noche por miedo a que alguien más “se vea más comprometido con el laburo que vos”.
- Comprar algo porque “se acaba el stock” o porque un influencer lo mostró, aunque no lo necesites.
En definitiva, una vida con miedo que nos lleva de las narices a no querer perdernos nada, y los algoritmos, optimizados para triggerear emociones que pulsen un tipo de ansiedad que solo se satisface consumiendo más contenido algoritmizado. Una satisfación temporal, que dura un ratito antes de que otro tipo de fomo aparezca para llevarnos de los pelos a las pantallas.
Esto lo digo porque yo lo sufro, lo veo en mi, lo veo en otros. Un poco más, un poco menos. Pero esta ahí. El miedo a estar afuera. Y por ese miedo, tratamos de estar siempre adentro, a pesar de que no estamos adentro de nada. Lo que hacemos es consumir sin nutrirnos. Si lo que consumieramos nos nutriera, no estarimos constantemente insatisfechos y con miedo a perder.
El vacío está ahi. En el fondo negro de las pantallas. Mirandonos y esperando que nos arrojemos a él. Sabiendo que vamos a volver a estar en un rato en el mismo lugar. Arrojandonos a las redes para ser capturados una y otra vez con algún que otro miedo.
Así. En este panorama de emociones algoritmizadas, el miedo, aparece como sustrato de aquello de lo que me quejaba la última vez, o al principio de la columna de hoy. Ver como hacer mejor las cosa solo porque tengo miedo de quedar afuera, afuera de los que lo hacen bien.
Por suerte, no está todo perdido. Yo estoy tratando de encontrar mis propias salidas, y las voy a ir contando acá, de a poco, en las próximas columnas. Hoy el primer movimiento.
La primera de mis estrategias es empezar a dejar las plataformas que se nutren de ese miedo. No es fácil, y demanda trabajo. En mi caso empiezo por Spotify. No quiero que mi búsqueda musical la organice un algoritmo que no me entiende, y no quiero alquilar música que en el fondo no me pertenece. Hay alternativas: la radio, los discos, tener tu propia música en el teléfono. Bandcamp para comprar en formato digital y tenerla para siempre. O armar un servidor en casa, que suena más difícil de lo que es.
Escuchar un disco de principio a fin es hoy casi un acto de resistencia. Es lo opuesto al skip, lo opuesto al shuffle. Es elegir quedarse en un lugar sin miedo a perderse otro.
Frank Herbert escribió una letanía contra el miedo en Dune. No la voy a recitar acá, pero la idea es simple: el miedo paraliza, consume, destruye. Y la única salida es atravesarlo. Eso estoy intentando hacer, de a poco, con cada plataforma que dejo, con cada disco que pongo de principio a fin.
Hay un mundo vivo fuera de las plataformas y nos está esperando.
- Imagen: Ranking of kings
